Hombres escritos por mujeres y por qué los amamos

Y ahí estaba yo, sentada en una butaca del cine, comiendome mi botana comprada a sobreprecio mientras veía como Heathcliff, interpretado por Jacob Elordi, alcanzaba del corset a Cathy, y me di cuenta de que siempre caeré en los period dramas, en hombres escritos por mujeres que son más que solo héroes o villanos. 

Son otra cosa, algo más incómodo, más profundo,  peligroso hasta cierto punto.

Crecimos con la caracterización de príncipes azules, hombres buenos, estables, valientes y emocionalmente disponibles. Hombres que no dolieran o, simplemente, que no sintieran. 

Y sin embargo, no son ellos los que quedan en nuestro consciente colectivo, los que se quedan son los que arden. 

Hay algo particular en los hombres escritos por mujeres que no existen solo en la ficción. No porque sean irreales –que sí lo son–, sino porque están construidos desde otro lugar. No son sólo objeto de deseo de miles de mujeres, son objeto de observación.

En Orgullo y prejuicio, Jane Austen nos presenta a Mr. Darcy, no como ideal inmediato, más bien como un proceso. Darcy no es amado desde el primer momento –incluso tiene conductas muy cuestionables–, está construido para ser comprendido con el tiempo; yeso cambia la lógica del deseo.

Porque ya no se trata de una atracción, sino de una interpretación. De leer entre líneas, de ver más allá de lo que se dice y observar cómo alguien es capaz de transformarse.  Darcy no nace siendo el hombre ideal, se vuelve uno y es este transiten donde habita gran parte de la fantasía de este personaje. 

Algo distinto pero igual de importante ocurre con las hermanas Brontë; no escribieron hombres perfectos, escribieron hombres que incomodan.

En Cumbres Borrascosas, Heathcliff no es un modelo a seguir. Ni en el libro y mucho menos en la adaptación más reciente de Emerald Fennell. Es una herida abierta, ama desde la obsesión, desde la pérdida y desde una intensidad que desborda la cordura. 

En Jane Eyre, Rochester es moralmente ambiguo, contradictorio y hasta cierto punto cruel con complejo de víctima. Y sin embargo, ambos comparten algo que los vuelve magnéticos, su capacidad de sentir. 

Quizá esa es la clave, a diferencia de otros personajes masculinos, ellos están definidos por sus sentimientos sepan o no que hacer con ellos,  más allá de su rol en su época y sociedad. Porque en el fondo, lo que estas historias nos ofrecen no solo es amor, es intensidad. 

Es la promesa de que las protagonistas son vistas de una forma tan profunda que ni ellas ni ellos permanecen de la misma manera después de encontrarse. 

Quizá por eso nos sentimos atraídas a los romances de época y a estos personajes hasta cierto punto problemáticos, porque exploran algo más allá de su rol, se cuestionan y nos cuestionan. 

Nos generan una tensión constante entre lo que sabemos y lo que deseamos, nos invitan a reflexionar sobre nuestros propios sentimientos, relaciones y actitudes. 

Estos personajes no hablan solo de los hombres. Hablan de las mujeres que los escribieron, de sus deseos, de sus límites y de sus contradicciones.

No se trata de rechazar estas historias pero tampoco de defenderlas ciegamente, sino de mirarlas con la misma profundidad con las que nos miramos a nosotras mismas.  Y PREGUNTARNOS QUÉ PARTE DE NUESTRO DESEO SE RECONOCE EN ELLAS.