Vulnerabilidad para llevar (Oasis en Tinta, 2026) es una obra colectiva que reúne relatos y poemas sobre miedo, maternidad, deseo, identidad y ruptura. Más que una antología literaria, es un ejercicio de exposición emocional que coloca la vulnerabilidad como un acto político y humano.

Es un libro que se siente. Que se subraya. Que se cierra un momento porque algo te tocó demasiado y necesitas respirar. Pero más allá de los temas, lo que realmente sostiene el libro es la honestidad. No hay textos que intentan impresionar: hay textos que se atreven.

En un mundo que nos exige fortaleza constante, productividad y “superación”, leer un libro que pone la vulnerabilidad en el centro se vuelve casi un acto de resistencia.

Lo que me paraliza también me habita.

El texto que más me atravesó fue Parálisis (p. 17). Hay algo en esa repetición —Lo que me paraliza…— que funciona como un eco interno. Como esos pensamientos que regresan cuando apagas la luz y el silencio se amplifica.

El miedo aparece como algo que vive debajo de la cama, pero también dentro del cuerpo. No es un monstruo externo. Es una presencia íntima. Familiar.

Y eso es lo que más incomoda y, al mismo tiempo, más conecta: reconocer que aquello que nos asusta no siempre se ve, pero siempre está ahí.

Es breve, sí, pero tiene esa intensidad que se queda contigo incluso después de cerrar el libro.

Amor, culpa y la incomodidad de mirarse al espejo.

Relatos como Corazón u Hombres de vapor, hablan de relaciones atravesadas por manipulación, dependencia y silencios que pesan más que las palabras. No romantizan el dolor. No suavizan la herida. La muestran tal cual es.

Y eso se agradece.

Porque muchas veces lo que duele no es el abandono en sí, sino la forma en que nos perdemos tratando de sostener algo que ya no nos sostiene.

El libro no ofrece moralejas. No hay finales perfectamente resueltos. Hay procesos. Hay contradicciones. Hay personajes que aman mal, que dudan, que se equivocan, que intentan volver a empezar.

Como nosotrxs.

Algo que me parece profundamente valioso es que Vulnerabilidad para llevar se siente como tener acceso a pensamientos que no estaban destinados al público masivo.

Se siente como leer lo que alguien escribió en su diario a las 3:00 a.m., cuando ya no hay máscaras, cuando el maquillaje está corrido y lo único que queda es la verdad.

Las ilustraciones que acompañan los textos no funcionan como adorno: dialogan con la palabra. La expanden. La sostienen.

Y juntas construyen una experiencia que no es solo literaria, sino emocional.

La belleza de lo crudo; este libro logra algo difícil,  ser bello sin dejar de ser crudo.

Habla de maternidades complejas, de primeras veces que no son románticas, de amistades que se desdibujan, de amores que arden y de identidades que se reconstruyen. Y lo hace sin exagerar, sin dramatizar en exceso, sin convertir el sufrimiento en espectáculo.

Hay algo profundamente humano en esa decisión de no adornar.

Leerlo implica abrir también nuestros propios cofres enterrados. Recordar conversaciones pendientes. Reconocer heridas que creíamos cerradas.

Y entender que sentir profundamente no es un defecto.

Es una forma de estar vivxs.

Un libro que se queda en el buró

Vulnerabilidad para llevar no es un libro que terminas y guardas. Es uno que dejas cerca. Que vuelves a abrir en una madrugada cualquiera. Que relees cuando necesitas recordar que no estás solx en lo que sientes.

Tal vez la pregunta que deja no es por qué somos vulnerables, sino qué pasaría si dejáramos de ocultarlo.

Porque cuando varias voces se atreven a nombrar lo que duele, lo que arde y lo que late, algo cambia: la soledad se vuelve un poco más compartida.

Y eso, en estos tiempos, es profundamente político.