Escuché esa frase durante la marcha del 8M en Ecatepec y se quedó conmigo. Me hizo pensar en como en este municipio, las mujeres  salimos a las calles para exigir incluso lo más básico: agua. Y entonces reconozco que no tenerla en casa es violencia estructural y que la niña que decide no ir a la escuela porque está menstruando y no puede bañarse, es también la encarnación de la violencia de género. Pero no termina ahí porque las instituciones que mantienen las calles rotas y abandonadas son incapaces de garantizar alumbrado público, caminos pavimentados sin grietas ni baches, transporte público seguro y de calidad, mucho menos son capaces de atender los casos de violencia de género ni de llevar los procesos de investigación sin revictimización; por ello nos toca luchar por condiciones para vivir sin miedo. Pedimos lo que debería ser un derecho. 

Las mujeres de Ecatepec me inspiran por su sensibilidad, su empatía y su fuerza pero, a veces, quisiera que no fuera así. No porque no valore la unión entre nosotras o porque no quiera vernos valientes, sino porque no quisiera habitar un mundo que nos obliga a resistir de esta manera. Un mundo que nos empuja a volvernos fuertes porque antes nos ha olvidado, nos ha abandonado y nos ha hecho sentir que la justicia es un privilegio lejano.

Así se vive en los márgenes, lugares que parecen quedar fuera del mapa, aunque desde aquí se sostenga gran parte de la ciudad, misma que observamos muchas veces sin ser plenamente parte de ella. Por eso las mujeres seguimos organizándonos, saliendo a las calles, nombrando lo que duele y lo que falta.Sobrevivimos en el municipio con uno de los índices más altos de violencia contra las mujeres a nivel nacional. Marchar en Ecatepec es recordarle al país que estamos aquí y que queremos justicia real.