The Bride de Mary Shelly y Maggie Gyllenhaal
En cada adaptación de Frankenstein hemos comprendido un poco más sobre la psique de Victor Frankenstein y de su Criatura, de los dilemas éticos de crear vida e incluso de la relación padre-hijo que envuelve esta historia. ¿Pero qué pasa si regresamos al corazón?
Es con la imaginación de Maggie Gyllenhaal donde encontramos un poco más de La Novia e incluso el fantasma de Mary Shelley —ambas interpretadas por Jessie Buckley—. Ahora no solo tenemos una novia con más diálogo, sino una protagonista que va en búsqueda de su identidad.
Durante toda la cinta intenta descubrir quién es, pero una y otra vez se le es arrebatada esa información, del mismo modo en que a muchas personajas se les ha negado tener un propósito, un nombre o una intención más allá de ser “La Novia”.
Personajas
Tenemos la reimaginación de los clásicos personajes interpretados por hombres. Aquí encontramos a Myrna; una Detective (Penélope Cruz); la Doctora Euphonious (Annette Bening); a un Igor reinventado como Greta (Jeannie Berlin) y a nuestra propia Criatura (Jessie Buckley).
En varios momentos se recalca la importancia de nombrarnos. Ellas están envueltas en el anonimato. La doctora prefiere usar su apellido (como Mary Shelly y otras autoras que usan solo sus iniciales), Myrna que dirige el caso sin una placa que la valide y The Bride, que a lo largo del filme pregunta una y otra vez por el nombre que ha olvidado.
Y tenemos también a Mary Shelley, quien en la vida real fue nombrada durante años con el apellido de su esposo. Fue hasta mucho después que se usó su nombre de pila: Mary.
I prefer to not
La novia habla con sinónimos, con un léxico enorme que intenta, con todas sus fuerzas, hacerse valer, hacerse escuchar. Y aun así, en los momentos más importantes donde una respuesta tan simple como “preferiría no” es vital, queda ahogada en su interior.
Me atrevo a decir que todas hemos experimentado ese “no” atorado en la garganta. Se nos baja al estómago, revuelve las entrañas y nos exige algún tipo de ira que no todas estamos acostumbradas a demostrar.
Representa un viaje de descubrimiento para entender que esa ira no surge de la nada. No es malvada, no es monstruosa. Es simplemente nuestra necesidad de justicia.
Preferiría no hacerlo. Preferiría que no me tocaras. Preferiría que no me besaras. Preferiría que no entraras en mí, sin mi consentimiento.
Y aun así, esas palabras tan simples —“preferiría no”— no salen de nuestras bocas. Revolotean en nuestra mente, en nuestro estómago. Es complicado formularlo en medio del acoso, de la violencia y de la minimización constante.
En cambio, los hombres de la historia tienen una identidad completa. Tienen nombres, linajes, historias que vienen de sus padres y de sus abuelos. Toda una genealogía de masculinidades que han hablado sobre el mundo, sobre sus miedos y sus anhelos.
La historia detrás de ellos es la soledad.
Muchos hombres pueden verse reflejados en esa soledad masculina: una soledad casi metafísica, la sensación de no tener un lugar en el mundo, de buscar una compañera que pueda convertirse en ese espacio seguro. Muchas mujeres también hemos experimentado otra forma de soledad: la de no encontrar ese espacio seguro en las relaciones con hombres.
Tenemos a un hombre (monstruo) solo y a una mujer a la que crean únicamente para ser La novia. Y aquí llega el giro de tuerca. Uno que personalmente esperaba encontrar desde la primera vez que vi una adaptación de esta obra literaria. Ella lo rechaza, cuestiona, experimenta y se autodetermina en el proceso.
La novia
Maureen Murdock habla de un Viaje de la heroína, uno distinto al héroe. En este tropo ella vuelve hacia sí misma, se nombra, se reconstruye. Pero es esta historia en particular surgen varias preguntas: ¿cómo se va a nombrar? ¿Con quién se va a quedar? ¿Qué hay detrás de ella? ¿Qué pasa con las mujeres que la rodean?
La violencia en Frankenstein deja de residir en la criatura. La película vuelve la mirada hacia una crítica que ya estaba presente en la obra original de Mary Shelley: la criatura no nace malvada; es el entorno el que la convierte en monstruo.
Por último, quiero mencionar el interés amoroso. Frankie no es simplemente “el novio”: es un personaje tridimensional. Curiosamente, el villano es quien menos dimensiones tiene y aun así entendemos perfectamente qué y a quiénes representa.
Eso desplaza el foco hacia una historia de amor mucho más compleja y al mismo tiempo, enriquece la construcción de la novia.
No es una película que pretenda ser abiertamente política. Es una nueva perspectiva que surge de la voz de alguien que tiene algo más que sumar a la conversación. Y resulta irónico que la creadora de Frankenstein haya sido una voz femenina, mientras que muchas de las adaptaciones más icónicas han sido llevadas por miradas masculinas.
Ya era momento de devolverle en la pantalla grande, un poco más de espacio a La Novia, de darle diálogos e identidad. Y de paso, reinvindicar a todas. De personajas excluidas, de voces acalladas y de una mirada que hable de nuestros monstruos internos y externos.

