Hola amiwa, ¿cómo estás?

Hoy quiero hablar contigo de un tema importante. Y como toda conversación importante, vale la pena empezar desde el origen: hace más de 70 años se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es más antigua que tú, que yo y que todas nuestras crisis existenciales juntas. Pero aun así, no pierde relevancia. No se desgasta, no caduca, no pasa de moda. Es de esas cosas que permanecen, incluso cuando todo lo demás parece tambalearse.

Clase exprés de historia:

El 10 de diciembre de 1948, los Estados miembros de la Asamblea de la ONU firmaron la Declaración que reconoce los derechos que tenemos simplemente por existir en este planeta. Esa fue la promesa global de que la dignidad humana no es negociable. Hasta aquí la cápsula histórica; tampoco quiero convertir esto en un documental obligatorio de secundaria

Sin embargo, el año que termina —y no vamos a fingir que fue un paseo agradable— se sintió para muchas personas como una sucesión de tensiones sociales y políticas. Hubo momentos en los que la sensación de retroceso parecía inevitable. Se habló de desgastes, de cansancio en los movimientos de mujeres, diversidades, juventudes; de un ambiente donde lo ganado parecía más frágil de lo que creíamos.

Pero un análisis más pausado, lejos del ruido y de la inmediatez, revela que la historia nunca ha avanzado en línea recta. Lo que vivimos no es un retroceso absoluto, sino una fase de turbulencia, una resistencia profunda, un reacomodo necesario. A veces, cuando las estructuras se mueven, lo primero que sentimos es miedo. Pero el movimiento, aunque incómodo, también es señal de vida.

Y en medio de ese movimiento, hubo avances significativos que vale la pena señalar. No para endulzar el panorama, sino para recordarnos que incluso en los años más tensos se abren caminos.

CDMX reconoce la gestión menstrual digna como un derecho para todas las personas

La Ciudad de México dio un paso largamente esperado: incorporar el derecho a una gestión menstrual digna, reconociendo explícitamente a todas las personas que menstrúan, incluidas identidades trans y no binarias.

Esto no se limita a repartir insumos. Implica cuestionar sistemas, hablar de educación menstrual, combatir estigmas que llevan generaciones, y entender que la salud menstrual es un tema público, no un secreto que se debe llevar con vergüenza.

Impacto: Se establece un precedente jurídico y cultural que transforma cómo entendemos la salud menstrual y cómo la vinculamos con la dignidad humana. Es un avance estructural, no cosmético.

El derecho al cuidado se consolida como derecho humano autónomo

La Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció finalmente el derecho al cuidado como un derecho humano por sí mismo. Esto incluye el derecho a cuidar, a ser cuidado y a cuidarse.

Durante mucho tiempo, los cuidados se trataron como una responsabilidad “natural” de las mujeres, una especie de mandato silencioso que la sociedad daba por hecho. Esta decisión desmonta esa idea y obliga a los Estados a mirarlo como lo que realmente es: una función social esencial.

Impacto: Transforma la conversación sobre sistemas de cuidado, redistribución de responsabilidades y calidad de vida. Representa un avance estructural que puede cambiar la manera en que nos organizamos como comunidad.

Más de 67 mil sobrevivientes recibieron apoyo internacional

La ONU informó que este año más de 67 mil sobrevivientes de tortura, trata y esclavitud moderna recibieron asistencia médica, psicológica, legal y humanitaria.

No fue un titular escandaloso, pero sí uno de los esfuerzos más contundentes en materia de protección.

Impacto: Demuestra que, incluso en un mundo marcado por conflictos y crisis humanitarias, los mecanismos globales siguen operando, defendiendo vidas y ofreciendo reparación donde los Estados fallan o se quedan cortos.

La turbulencia no indica retroceso: nos recuerda por qué seguimos aquí

Cuando miramos estos avances juntos, la narrativa del año se reacomoda.

No se trata de negar las preocupaciones reales, ni de pretender que las violencias desaparecieron. Se trata de reconocer que, incluso en un contexto adverso, hubo transformaciones que avanzaron en la dirección correcta.

La sensación de retroceso, más que una caída, es un síntoma: una señal de que estamos en un momento de tensión donde las agendas de derechos humanos se disputan y se defienden con más fuerza. Es un recordatorio incómodo, pero también un llamado.

Porque la defensa de los derechos humanos nunca ha sido lineal. Siempre ha requerido vigilancia, presión social, comunidad organizada y decisiones valientes.

Y en ese sentido, la turbulencia no es un signo de derrota; es una prueba de que la lucha sigue viva. Una prueba de que lo que defendemos importa tanto que provoca resistencia. Una prueba de que rendirse no es opción.

Al final, si hacemos una reflexión conjunta, entendemos que no es retroceso, es una fase de reacomodo. Una prueba de que nuestro movimiento debe mantenerse más firme, más consciente y unido que nunca.

Porque los derechos humanos no avanzan solo porque están escritos: avanzan porque los ejercemos, los exigimos y los defendemos, una acción —y un año turbulento— a la vez.